[Columna] La historia no contada de la relación de Luciano Cruz y Clotario Blest

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[Columna] La historia no contada de la relación de Luciano Cruz y Clotario Blest

Por Víctor Osorio.
El autor es periodista y director ejecutivo de la Fundación Progresa.

Luciano Cruz Aguayo fue una de las figuras más reconocidas y populares de la primera etapa del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Le otorgó un fuerte impulso, por su rol como carismático y combativo presidente de la Federación de Estudiantes de Concepción (FEC), por su papel en las primeras “expropiaciones” bancarias que emprendió el mirismo en 1969 y 1970, y por su habilidad para la lucha clandestina, que le permitió contribuir a desarticular los planes de golpe de Estado desencadenados luego del triunfo de Salvador Allende.

Sin embargo, hasta ahora eran desconocidas las muy estrechas relaciones que tuvo con el fundador y primer presidente de la Central Única de Trabajadores (CUT), Clotario Blest Riffo, lo que puede provocar estupefacción en quienes han pretendido instalar la idea de que, por su inspiración cristiana, era una especie de líder beatifico y conciliador. ¡Hasta el Ministro del Trabajo de Piñera, Nicolás Monckeberg, asistió al estreno de un documental sobre Blest en el edificio de Telefónica, a fines de 2018, y aplaudió con entusiasmo!…

Los vínculos con Cruz son parte de las revelaciones del libro “Clima y Fauna de Chile (Antes de los Gorilas)”, escrito por el historiador Oscar Ortiz, quien fue su principal colaborador desde 1970 y hasta su partida en 1990. El texto ha sido publicado por “Ediciones Don Clota”, iniciativa autogestionada que recibe su nombre, precisamente, de la forma coloquial con la cual era conocido quien fue el principal líder de las y los trabajadores de Chile entre 1953 y 1962.

Cuenta el libro que “a finales de abril del 71, una llamada de Clotario” le pidió que lo visitara en forma urgente en su vieja casa de calle Ricardo Santa Cruz en el centro de Santiago. Conoció entonces a Luciano Cruz, “el dirigente del MIR más buscado por la policía, por su amplia trayectoria de acciones subversivas y revolucionarias”. Eran los primeros meses del Gobierno de Allende y poco antes la Unidad Popular se había impuesto por amplio margen en las elecciones municipales.

Señala la obra que Cruz “comenzó a acudir casi semanalmente a coloquios” sobre diversas materias con Blest. A estos encuentros asistían también dos antiguos y estrechos amigos de Clotario, que habían formado parte del primer Consejo Directivo Nacional de la CUT: el anarquista Ernesto Miranda y Luis Vitale, que después alcanzaría notoriedad en la academia como historiador, desde su primera obra de envergadura: “Interpretación Marxista de la Historia de Chile”.

Los tres, además, en diferentes formas habían tenido alguna relación con la fundación del MIR. Miranda era un zapatero anarcosindicalista que integraba el Movimiento Libertario 7 de Julio, que “veía siempre a Blest –a pesar de su tendencia cristiana– como la mejor opción (de liderazgo) que tenían los sindicalistas revolucionarios”. Puso a disposición el local de la Federación del Cuero y Calzado en calle San Francisco 269 para el Congreso Fundacional del MIR en 1965, aunque los anarquistas desestimaron desde los inicios la posibilidad de sumarse a la nueva entidad política.

En cambio, Clotario y Vitale fueron parte de los fundadores del MIR. El segundo, un antiguo cuadro trotskista, fue el redactor principal de su Declaración de Principios.

No obstante, no pasó mucho tiempo antes que Blest abandonara las filas del emergente mirismo en 1967, por discrepancias con la generación más joven, que encabezaba Miguel Enríquez, y que ese año, en el Tercer Congreso, asumió la conducción. En esa misma oportunidad, Luciano Cruz fue electo miembro del Comité Central con la más alta votación.

En tanto, Vitale terminó expulsado en 1969, junto con los trotskistas que aún permanecían en el MIR, en particular por discrepancias respecto del modo de enfrentar las elecciones presidenciales que se registrarían en septiembre del año siguiente.

Ortiz recuerda que, en uno de esos diálogos vespertinos en la casa de Blest, Cruz expresó que “observaba con simpatía el proceso sociopolítico que vivía Bolivia”, donde parte de las Fuerzas Armadas y la Central Obrera Boliviana (COB) cogobernaban con una asamblea popular. Señala Ortiz que Miranda y Vitale coincidían en ese criterio con Luciano. “Clotario en cambio veía con cierta distancia lo que ocurría en el altiplánico país”, por su “postura antimilitarista”.

Este proceso se había iniciado en 1970, cuando el general Juan José Torres González asumió la Presidencia a través de un levantamiento popular, con participación de los trabajadores, las organizaciones campesinas, el movimiento estudiantil y un sector de militares leales a Torres. Aquel proceso fue sofocado, luego de cruentos enfrentamientos en las calles, con un golpe de Estado encabezado por Hugo Banzer. Tiempo después, Torres fue secuestrado y asesinado en Buenos Aires el 2 de junio de 1976, en el marco de la “Operación Cóndor”.

Ortiz cuenta que “me informaron que durante la primera quincena de mayo (de 1971) se trasladarían (Clotario y Luciano) hasta la Provincia de Malleco, para constituir sindicatos campesinos”. A su regreso, “en una tarde que compartíamos la festividad por el cumpleaños de Vitale, en su casa en La Villa del Dorado (…) llegó Luciano en compañía de su novia, una agraciada francesa”. Relata que, en esa ocasión, Cruz le reveló que un equipo con el que trabajaba en el MIR había logrado penetrar en las instituciones castrenses e infiltrar el plan golpista para secuestrar al comandante en jefe, René Schneider, e impedir que la Unidad Popular asumiera el Gobierno. “Gracias a ello, Allende hoy es Presidente”, le dijo.

También rememora “un gran gesto de solidaridad de Luciano hacia Clotario. Una tarde de otoño, en una de las tantas reuniones, Cruz depositó en la mesa de Blest un abultado fajo de billetes”. Señala: “Compañeros: esto es un remanente de una expropiación bancaria. Compren un mimeógrafo de último modelo y lo que sobre en resmas de papeles”. Y añade que “durante la dictadura, esta máquina gráfica checoslovaca, que con un frasco de 500cc de tinta podía imprimir cinco mil hojas, fue fundamental en las denuncias de violaciones a los derechos humanos y sindicales, manteniéndose oculta por Blest en uno de los muros” de su casa particular.

Fue herramienta clave del trabajo del Comité de Defensa de Derechos Humanos y Sindicales (CODEHS), que lideraba Clotario y que inició la tarea de defender los perseguidos desde el mismo golpe de Estado.

Ortiz comenta que Luciano Cruz tenía 27 años en el momento de su fallecimiento, “la edad en la que mueren los rockeros, pero su rock no era musical”, sino “acción política radical y frontal”. Mientras estudiaba Medicina en la Universidad de Concepción había llegado a ser presidente de la FEC. Había tenido un breve paso previo por las Juventudes Comunistas y era hijo del militar Pedro Mario Cruz. “Destacaba por su gran capacidad de análisis teórico, y cercanía al mundo sindical y de terreno, compartiendo codo a codo con los pobladores”, acota Ortiz. También consigna que tenía formación militar y, además, era experto en artes marciales, lo que, mientras que fue dirigente estudiantil, “le permitió célebremente escapar de arrestos policiales”.

Señala que participó en la “expropiación” de bancos a finales de los 60 y que era un “experto en la clandestinidad, desafiando a las autoridades”, apareciendo y desapareciendo. Por todo ello, fue uno de los que otorgó “la mística al MIR”.

Era, dice, “un personaje altamente peligroso para el poder porque tenía fuerza y fortaleza, además era de un carisma arrollador”. Y sostiene que “era en todo sentido un gran hombre, admirado por muchos, y muy querido y cercano a Clotario”.

“El 15 de agosto de 1971, yo estaba en San Felipe y un llamado telefónico me hizo regresar de urgencia a Santiago. Al llegar a casa de Clotario lo encontré pálido y demacrado, pero me dijo que mejor regresara al día siguiente porque ahora estaba rezando por Luciano, el que, según había trascendido, murió en su departamento (la noche anterior), producto de un gas que había quedado encendido”, rememora. Era el mismo día en que se cumplían seis años desde la fundación del MIR.

Miguel Enríquez señaló entonces: “Era nuestro líder de masas, nuestra mejor expresión popular. El pueblo lo quería, seguía y respetaba… Los trabajadores han perdido un líder y nosotros un militante, un amigo y hermano de lucha”.

El 16 de agosto, “al enterarse Clotario Blest que la CUT le había denegado a la izquierda revolucionaria el salón principal para el velatorio, cayó en un estado tal de ofuscación, que sus viejos camaradas estaban atónitos y asustadizos”. Y detalla que “sin saludar a nadie y corriendo como un atleta, Clotario ingresó al local gremial, girando directo a la oficina de la presidencia, donde entró violentamente (…) Yo que le seguía a distancia esa helada mañana, al escuchar estruendos en aquel despacho, corrí y vi a Clotario que exigía y aclaraba que no se movería de ahí hasta que se autorizara el velatorio”. Era una expresión de las dramáticas divergencias estratégicas que entonces desgarraban a la izquierda.

Finalmente, la CUT Provincial Santiago, cuya sede estaba al lado de la Iglesia de Santa Ana, cedió el local para velarlo. Durante el funeral, Blest manifestó a reporteros que la acción de la dirigencia nacional de la multisindical era inaceptable “y que por eso pensaba, junto a otros compañeros, recuperar la dirección de la central”. Añade que ello se materializó poco después en la formación del Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR). Pero ello es otra historia (que también es recogida en el libro).

Ya ha transcurrido casi medio siglo de esos días aciagos.

Imagen de Clotario Blest: Museo de la Memoria

Santiago, 26 de enero 2021.

Fuente: Crónica Digital.