[COLUMNA]Trump lejos y Trump cerca
Viernes, 21 de Octubre de 2016 22:04

Daniel Flores Cáceres
Ph.D. Sociología, M.A. Ciencias Políticas; Antropólogo. Fundación Progresa.
Pareciera que lo de Trump pasó de chistoso a aterrador. Pero lo que se ha dicho se sigue diciendo desde la distancia. Se analizan con justificada sorna sus muecas, su dieta rica en betacaroteno (los mal pensados dirán que es solárium), y el aparentemente absurdo tronar de sus propuestas.

Luego, se analiza con distancia y desprecio también a sus votantes, y se piensa en ellos como una manada de ignorantes, ultraderechistas, que no saben encontrar a Cuba en un mapa, y que no pueden distinguir un caffe late de un capuccino (porque las críticas se hacen desde la prepotencia de las élites también).

Yo, en cambio, entiendo y empatizo sinceramente con el descontento de ese pobre hombre blanco que en definitiva es una víctima. Ese hombre que cumple con todos los cánones que la sociedad espera de él: Va al templo todos los sábados, tiene un winchester colgado detrás del sofá, y luce con orgullo su sobrepeso haciéndose selfies con una BigMac entre los dientes. Ese hombre que pese a cumplir con todas las condiciones del “nosotros”, sigue sintiéndose pobre, despreciado y excluido. Más olvidado que la cuesta, Lo Prado. Creo que eso es así porque el problema no tiene que ver con ignorancia, sino que con una novísima dimensión cultural de la lucha de clases.

El año pasado, y gracias a una invitación del programa de líderes (IVLP) del Departamento de Estado de los EEUU, pude conocer y conversar con Joy Cornin, una ex senadora Republicana, mujer brillante y sofisticada, líder de varias organizaciones y de movimientos pro empoderamiento político de la mujer y de sus derechos reproductivos. Una persona definitivamente progresista, que, sin embargo, en esos tiempos -de primarias republicanas- apoyaba a Jeff Bush, el “hermano inteligente” de George.

Cuando le pregunté que como era posible vivir con esa contradicción -porque en mi país alguien como Ud. estaría definitivamente en la izquierda, y probablemente escribiendo columnas para El Desconcierto... (eso no se lo dije)- ella me respondió: Es la economía, estúpido. La verdad es que no terminó la frase, pero la dejó dando botes. Y entonces empezó a abundar en argumentos sobre la importancia de entender la separación de poderes en Estados Unidos. Que qué importa lo que piensen allá en Washington sobre estas cosas, si para eso acá estamos nosotros y nuestro Gobierno Estatal (Iowa) para hacernos cargo.

Y claro, desde el supuesto del “Nosotros” la democracia estadounidense funciona perfectamente. Pero cuando esa idea de un Nosotros deja de funcionar –al menos para un segmento de la población- las personas deben reconstruir un sentido. Y en ese punto entra la ultra derecha y Trump. En la reconstrucción de un nosotros radical y excluyente, que, en vez de criticar los cimientos del sistema y plantear una revolución, los radicaliza y lleva a niveles de afiebrada distopía (contra-revolución). Y entonces propone un “Nosotros” que, además de blanco, armado y nacionalista, es también cristiano, machista, homofóbico, antiabortista y perseguido por un complot de republicanos moderados (como Joy Cornin) y demócratas.

Lo de Trump no es ignorancia ni es para la chacota. Es un producto cultural de la inequidad social y económica que tenemos que tomar en cuenta. Sobre todo, porque en Chile hay un montón de detalles que, puestos en perspectiva, dejan de ser anodinos y que podrían hacernos terminar con nuestro propio Trump en La Moneda. Primero, nuestro archiconocido contexto de segregación espacial y de inequidad social y económica. Y de la mano con eso, la misma idea de fracaso de un “nosotros” para una gran cantidad de personas, que, sin ser pobres, viven la vida desde la exclusión, el desprecio y las deudas. Los estudios de Flores (yo soy Flores) describen como las personas de niveles socioeconómicos bajos, sienten más egoísmo y abuso, al mismo tiempo que son las que más legitiman la explotación y el ideal de individualismo, versus el de solidaridad.

Hasta el momento, mi hipótesis de trabajo es que esos grupos han encontrado el sentido de su propia exclusión, precisamente, legitimando el propio sistema que los excluye gracias a algo que en psiquiatría llaman “introyección de la culpa”. Sin embargo, el horno social y político está para cualquier bollo, y el sentido de esta aparente contradicción puede re articularse mañana, perfectamente, en alguno de las decenas de esos discursos de ultra derechistas “a-políticos”, simpaticones, cuicos-flaites, homofóbicos, y machistas, que están a la orden del día, en la tele y en los diarios -porque a los medios les encanta al final del día esa ramplonería- que los absuelvan de la culpa de su propia exclusión, ponga a los culpables afuera de ese nosotros (entre las mujeres abortistas, migrantes negros o cafés, y homosexuales) y que les prometan hacer de Chile un país grande otra vez, pero claro, sin tocar la economía, porque no es la economía, estúpido.

Mientras tanto, todavía no damos el ancho –como sociedad- para discutir en serio la construcción de un Nosotros-Todos (en una Constitución escrita en democracia, por ejemplo), y como partidos y movimientos de centro izquierda, de dar un sentido -alternativo al caos- para las personas que sobreviven flotando ahí donde el sistema socioeconómico hace rato que naufragó. El horno está para cualquier bollo, y Cualquier cosa puede pasar. De Trump no nos riamos tanto que nos podemos ahogar.

 

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